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Integración de las terapias complementarias en salud: desafíos y condiciones para su incorporación al ámbito hospitalario
La integración hospitalaria no es solamente un problema de oferta terapéutica; implica desarrollar competencias para adaptar e incorporar procesos dentro de un lenguaje común.
Instituto Umbra · 10 min de lectura · 6 septiembre 2026

La conversación sobre la incorporación de las terapias complementarias a los sistemas de salud ha comenzado a adquirir una nueva dimensión.
En Chile existe hoy un marco de política pública que orienta su incorporación y, progresivamente, se abren espacios para pensar en su participación dentro de distintos niveles de atención.
Sin embargo, existe una distinción que resulta fundamental: no es lo mismo incorporar terapias complementarias dentro de un establecimiento de salud que incorporarlas a la atención de las personas usuarias.
En distintos recintos sanitarios ya existen experiencias en las que terapeutas complementarios participan principalmente en intervenciones dirigidas al bienestar del propio personal. Ese tipo de iniciativa puede tener valor dentro de una estrategia institucional de cuidado de los equipos, pero responde a una finalidad diferente.
Cuando hablamos de integración en la atención de salud, nos referimos a otro desafío: que determinadas intervenciones complementarias puedan formar parte, bajo condiciones definidas, del proceso de atención de una persona, ya sea en Atención Primaria de Salud o durante una hospitalización.
Esta diferencia modifica sustancialmente las exigencias.
La pregunta deja de ser solamente qué terapias pueden ofrecerse.
También debemos preguntarnos para quién, con qué propósito, en qué momento del proceso asistencial, bajo qué criterios, con qué competencias y cómo se coordinarán con el resto del equipo de salud.

Incorporar no es integrar
Que un terapeuta complementario pueda desarrollar una intervención dentro de un establecimiento de salud constituye un primer paso. Pero su presencia, por sí sola, no significa que exista integración.
La integración requiere que esa intervención pueda relacionarse de manera pertinente con el proceso de atención en el que participa.
En el caso de una persona hospitalizada, esto adquiere especial relevancia. El paciente se encuentra dentro de un proceso asistencial determinado, con un diagnóstico, indicaciones clínicas, tratamientos, profesionales responsables y condiciones de seguridad que deben ser considerados.
La intervención complementaria no puede desarrollarse como una práctica aislada de ese contexto.
Requiere criterios claros de pertinencia, mecanismos de derivación o solicitud, delimitación de competencias, comunicación con el equipo tratante, condiciones de seguridad y formas adecuadas de registro y seguimiento.
En Atención Primaria ocurre algo similar, aunque dentro de una lógica asistencial diferente. La continuidad del cuidado, el enfoque familiar y comunitario, la promoción y prevención y el trabajo interdisciplinario plantean necesidades específicas de coordinación y competencias.
En ambos casos, integrar significa que la intervención complementaria pueda situarse dentro de un proceso de atención y no simplemente coexistir con él.
El criterio de derivación es una competencia clave
Uno de los aspectos que merece mayor atención es el criterio de derivación.
Para que exista integración no basta con que el terapeuta conozca su disciplina. También necesita reconocer cuándo una persona puede beneficiarse de una intervención complementaria, cuándo debe consultar o derivar a otro profesional, cuándo una intervención no es pertinente y cuáles son los límites de su actuación.
Del mismo modo, el profesional sanitario necesita contar con elementos suficientes para identificar cuándo una terapia complementaria podría ser pertinente dentro del proceso de atención y cómo solicitar o derivar a ella.
Esto requiere desarrollar un lenguaje compartido respecto de indicaciones, contraindicaciones, límites, riesgos y objetivos terapéuticos.
El criterio de derivación, por lo tanto, no debería entenderse solamente como un procedimiento administrativo. Es una competencia profesional.
Y es una competencia que debe construirse desde ambos lados.
La integración requiere competencias
El terapeuta complementario que ingresa a un contexto sanitario necesita comprender mucho más que su propia disciplina terapéutica.
Necesita conocer el contexto sanitario en el que va a desenvolverse, comprender sus dinámicas, reconocer sus propios límites de actuación, comunicarse adecuadamente con otros profesionales y trabajar bajo criterios de seguridad compatibles con el entorno en el que interviene.
Esto plantea un desafío importante para la profesionalización de las terapias complementarias.
La formación técnica en una terapia determinada no necesariamente prepara a una persona para desenvolverse dentro de una institución sanitaria compleja ni para participar coordinadamente en un proceso de atención.
Pero la responsabilidad tampoco puede recaer únicamente sobre el terapeuta.
El personal sanitario necesita contar con conocimientos que le permitan comprender qué son las terapias complementarias, cuáles son sus posibilidades y límites, en qué situaciones podrían ser pertinentes y bajo qué condiciones pueden incorporarse.
No se trata de convertir al personal sanitario en terapeuta ni al terapeuta complementario en profesional biomédico.
Se trata de desarrollar las competencias necesarias para que ambos puedan participar responsablemente dentro de un mismo proceso de atención.
Un lenguaje común para trabajar en conjunto
Aquí aparece uno de los desafíos centrales: construir un lenguaje común.
Cada profesión desarrolla sus propios conceptos, criterios y formas de interpretar la realidad. Esto es parte natural de la especialización, pero puede convertirse en una barrera cuando diferentes disciplinas deben trabajar conjuntamente.
La integración requiere poder comunicar objetivos, intervenciones, observaciones, límites y necesidades de manera comprensible para los distintos actores involucrados.
Un lenguaje común no significa eliminar las diferencias entre disciplinas.
Significa construir un espacio de comprensión suficiente para que esas diferencias puedan coexistir y articularse sin convertirse en barreras para la atención.
Desde esta perspectiva, la educación de los distintos sectores no es un elemento secundario.
El terapeuta necesita comprender el sistema sanitario.
El profesional sanitario necesita comprender las terapias complementarias.
Y ambos necesitan aprender a trabajar en conjunto.
Los espacios y procesos también importan
Existe además una dimensión que muchas veces queda fuera de la discusión: las condiciones en las que se desarrolla la atención.
La incorporación de una terapia complementaria en un hospital no consiste simplemente en asignarle un espacio disponible.
Cada intervención requiere determinadas condiciones y debe convivir con flujos de pacientes, profesionales, equipamiento, privacidad, seguridad y funcionamiento institucional.
En una persona hospitalizada, además, la intervención debe insertarse dentro de un proceso asistencial que ya está en curso.
Esto obliga a considerar horarios, desplazamientos, condiciones clínicas, coordinación con el equipo, registro de la intervención y otros elementos que pueden ser irrelevantes en una consulta independiente, pero adquieren importancia dentro de un hospital.
En Atención Primaria, las condiciones serán diferentes y estarán determinadas por las características del establecimiento, su población, sus equipos y los modelos de atención implementados.
Por eso, no existe necesariamente una única forma de integrar.
La incorporación debe ser situada, progresiva y coherente con las características de cada contexto asistencial.
Comenzar por procesos concretos
Quizás uno de los caminos más razonables para avanzar sea comenzar por procesos y áreas específicas, en lugar de intentar construir desde el inicio un modelo general aplicable a todo el sistema.
La recuperación postquirúrgica y el área de maternidad, por ejemplo, pueden constituir espacios interesantes para explorar modelos de incorporación de determinadas terapias complementarias a la atención de pacientes. A ellos podríamos sumar otros procesos, como la preparación prequirúrgica, el trabajo de parto y parto, el puerperio o los cuidados de personas con enfermedades oncológicas.
La pertinencia de comenzar en estos contextos no estaría determinada simplemente por la disponibilidad de una terapia, sino por la posibilidad de identificar necesidades concretas de atención en momentos específicos del proceso asistencial.
En un proceso pre o postoperatorio, por ejemplo, determinadas intervenciones como la aromaterapia, la musicoterapia o la reflexología podal podrían explorarse como recursos complementarios orientados a objetivos específicos, siempre que existan condiciones clínicas y protocolos que permitan su utilización segura. La pregunta no sería simplemente si una persona puede recibir una determinada terapia, sino si esa intervención es pertinente para ese paciente, en ese momento, con ese objetivo y bajo determinadas condiciones.
En el ámbito de la maternidad ocurre algo similar. El trabajo de parto puede constituir un escenario particularmente interesante para explorar intervenciones complementarias orientadas, por ejemplo, al confort, la relajación o el acompañamiento de la experiencia del parto, sin confundir este tipo de intervención con una sustitución de la atención obstétrica ni asumir que una determinada práctica es apropiada para todas las mujeres o en cualquier circunstancia clínica.
Los cuidados oncológicos ofrecen otro campo relevante. Existe investigación sobre el uso de determinadas intervenciones complementarias para acompañar síntomas y aspectos asociados a la experiencia de la enfermedad y sus tratamientos. Esto abre posibilidades de integración, pero precisamente por tratarse de pacientes con condiciones clínicas complejas, exige un alto nivel de coordinación, conocimiento de contraindicaciones, criterios de derivación y comunicación con el equipo tratante.

La integración como proceso progresivo
Los sistemas de salud son estructuras complejas. Poseen regulaciones, responsabilidades, protocolos, jerarquías y formas de funcionamiento que no pueden modificarse simplemente a partir de la incorporación de una nueva práctica.
Por eso, la integración de las terapias complementarias probablemente requerirá avanzar de manera progresiva.
Será necesario identificar oportunidades concretas, desarrollar competencias, adaptar determinados espacios y procesos, establecer mecanismos de coordinación, evaluar resultados y aprender de las experiencias.
Esto requiere disposición para revisar lo que funciona y lo que no.
La integración no debería construirse solamente desde las expectativas de quienes ejercen terapias complementarias. Tampoco exclusivamente desde las estructuras existentes del sistema sanitario.
Necesita construirse en el espacio de encuentro entre ambas realidades.
Una responsabilidad compartida
Desde mi perspectiva como Naturópata y desde mi formación y pensamiento integrativo, la educación de todos los sectores es primordial.
No podemos esperar una integración efectiva si cada grupo continúa formándose exclusivamente desde su propio campo de conocimiento.
El terapeuta necesita comprender el sistema en el que espera participar.
El equipo sanitario necesita conocer las prácticas que eventualmente formarán parte de sus procesos de atención.
Las instituciones necesitan contar con condiciones que permitan ordenar esa relación.
Y todos necesitan desarrollar la capacidad de comunicarse y trabajar en un mismo sentido.
De otra forma, corremos el riesgo de ampliar la fragmentación en lugar de reducirla y de generar nuevas brechas que posteriormente serán mucho más difíciles de cerrar.
Hacia una integración posible
Las terapias complementarias tienen un campo de desarrollo dentro de los sistemas de salud. Pero avanzar hacia ese escenario requiere superar una mirada centrada exclusivamente en la oferta de terapias o en la disponibilidad de terapeutas.
El desafío es construir las condiciones que permitan una incorporación responsable a los procesos de atención.
Esto implica profesionalización.
Implica formación del personal sanitario.
Implica criterios de pertinencia y derivación.
Implica adaptación de espacios y procesos.
Implica seguridad, coordinación y evaluación.
Implica desarrollar un lenguaje común.
Y requiere comprender que la integración es un proceso progresivo, que necesita diálogo, aprendizaje y construcción conjunta.
La integración no consiste simplemente en agregar una terapia a un establecimiento de salud.
Consiste en desarrollar las condiciones para que distintos saberes y competencias puedan participar de manera coordinada en un mismo proceso de atención.
Quizás ese sea uno de los principales desafíos que tenemos por delante: no solamente preparar a quienes ejercen terapias complementarias para participar del sistema sanitario, sino contribuir a generar las condiciones para que esa participación pueda ser comprendida, articulada y evaluada dentro de los procesos de atención.
La integración comienza mucho antes de que un terapeuta atraviese la puerta de un hospital o de un centro de Atención Primaria. Comienza cuando somos capaces de construir un lenguaje común para encontrarnos.
Por Natalia Zavala Saavedra
Naturópata Integrativa | Directora de Instituto Umbra
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